Durante más de una década, la inversión pasiva fue considerada casi una verdad absoluta en el mundo financiero. “Invierte en índices, mantén el largo plazo y no intentes vencer al mercado”. Ese mensaje se repitió tanto que pasó de ser una estrategia válida a convertirse en un dogma. Sin embargo, en los últimos años —y con más fuerza en 2024 y 2025— una pregunta empezó a incomodar a inversores y expertos por igual: ¿y si el contexto que hizo imbatible a la inversión pasiva ya no existe?
No se trata de una moda ni de una provocación vacía. Es un debate real, con argumentos sólidos de ambos lados, que está obligando a replantear cómo se construyen las carteras y qué significa “invertir bien” en un mundo más volátil, más concentrado y más impredecible que nunca.
El contexto que convirtió a la inversión pasiva en la gran ganadora
Para entender por qué hoy se cuestiona la inversión pasiva, primero hay que entender por qué funcionó tan bien durante tanto tiempo. Desde la crisis financiera de 2008 hasta los años posteriores a la pandemia, los mercados vivieron un período excepcional: tasas de interés históricamente bajas, liquidez abundante y crecimiento sostenido de los grandes índices bursátiles.
En ese entorno, invertir en fondos indexados era una decisión lógica. Costes bajos, diversificación automática y rendimientos que superaban a la mayoría de los gestores activos. La evidencia empírica respaldó esta estrategia, y estudios académicos reforzaron la idea de que “nadie puede vencer al mercado de forma consistente”.
Un análisis clásico de SPIVA (S&P Indices Versus Active) muestra cómo, durante largos períodos, la mayoría de los gestores activos no logra superar a los índices de referencia:
El problema es que muchos inversores asumieron que ese resultado era permanente. Confundieron una ventaja estructural con una ley inmutable. Y ahí es donde comienza la grieta actual.
Un mercado distinto exige preguntas distintas
El mercado de hoy no se parece al de hace diez años. Mayor concentración en pocas empresas, tensiones geopolíticas constantes, inflación persistente y cambios tecnológicos acelerados han alterado profundamente las reglas del juego. En este nuevo escenario, algunos expertos sostienen que la inversión pasiva ya no es tan “neutral” como parece.
Cuando un índice está dominado por un pequeño grupo de compañías, invertir pasivamente significa, en la práctica, apostar fuertemente por ellas. La diversificación teórica se reduce y el riesgo se concentra. Además, la inversión pasiva no discrimina entre empresas eficientes y empresas mediocres: compra todo, simplemente porque forma parte del índice.
Aquí es donde los defensores de una gestión más activa encuentran su argumento. En mercados más volátiles y selectivos, la capacidad de analizar, filtrar y adaptarse puede volver a generar valor. No para todos, ni todo el tiempo, pero sí en ciertos contextos.
Este debate está siendo ampliamente discutido en medios financieros de referencia. The Economist abordó recientemente cómo la concentración y la volatilidad están cambiando el equilibrio entre inversión pasiva y activa:
La pregunta ya no es si la inversión pasiva “funciona” o no, sino si sigue siendo suficiente por sí sola.
¿Está muriendo la inversión pasiva o está evolucionando?
Hablar de la “muerte” de la inversión pasiva es, probablemente, una exageración. Pero pensar que puede seguir igual que antes también lo es. Lo que realmente está ocurriendo es una evolución en la forma de usarla.
Cada vez más inversores están combinando estrategias: una base pasiva para capturar el crecimiento general del mercado, complementada con enfoques más activos o tácticos para gestionar riesgos, aprovechar ineficiencias o adaptarse a ciclos económicos distintos.
Este enfoque híbrido reconoce una verdad incómoda pero realista: no existe una estrategia perfecta para todos los contextos. La simplicidad extrema puede ser tan peligrosa como la complejidad innecesaria. El verdadero valor está en entender qué función cumple cada herramienta dentro de una estrategia global.
Un excelente análisis sobre esta transición hacia modelos más flexibles puede encontrarse en Morningstar, una de las fuentes más respetadas en análisis de inversión:
Lo que divide hoy a los expertos no es una guerra entre “pasivo contra activo”, sino una diferencia de visión sobre cómo gestionar el riesgo y la incertidumbre en un mundo menos predecible.
La discusión sobre si las inversiones pasivas están muriendo dice más sobre el momento actual del mercado que sobre la estrategia en sí. La inversión pasiva no desaparece, pero pierde su estatus de solución universal. Y eso, lejos de ser una mala noticia, puede ser una oportunidad.
Para el inversor informado, este debate invita a reflexionar, no a tomar bandos. A entender que el contexto importa, que las reglas cambian y que la mejor estrategia no es la más popular, sino la más adecuada para el entorno y los objetivos personales.
Quizás la pregunta correcta no sea si la inversión pasiva está muriendo, sino si estamos listos para dejar de tratarla como un dogma y empezar a usarla como lo que siempre fue: una herramienta poderosa, pero no infalible.